En ese momento de enfado, los comentarios agradables y los alagos que nos ha hecho esa persona caen en el olvido, imponiéndose una sensación de rechazo que puede durar durante años. Así, portarse mal con alguien, insultarle, tener reacciones violentas, etc. deja una huella y se requieren muchos esfuerzos para neutralizarla. Necesitamos decir por lo menos 5 cosas agradables para compensar. Algunos estudios se han centrado en parejas casadas, entre los que se separaban o divorciaban y los que permanecían juntos; entre los que se quedaban juntos tenía que haber este equilibrio de 5 a 1 según Richard Wiseman, psicólogo de la Universidad de Hertfordshire.
En esta línea, investigadores de la Universidad de Chicago dirigidos por Boaz Keysar, constataron que las reciprocidades positivas y negativas no son simétricas; las represalias por el egoísmo priman sobre las recompensas de la generosidad. En el “juego del dictador”, un grupo de participantes obtiene 100€ y puede compartir una parte con otros compañeros; en el otro grupo, los participantes empiezan sin dinero, pero pueden demandarle un “impuesto” sobre los 100€ a otros jugadores. Cuando los participantes valoraron la generosidad de los compañeros, el grupo de demandantes era considerado más codicioso que el de los donantes; así, un participante que entregaba 50€ era tenido por más generoso que otro que sólo exigía recibir 30€. Esto condujo a actitudes cada vez más egoístas en cada interacción. Cuando se intercambiaron los papeles, los nuevos dictadores respondieron a lo que entendían como repartos codiciosos actuando cada vez con menor generosidad. Así, en los tratos a dos, la tacañería recibe mayor castigo que premio la generosidad y para parar esta tendencia, afirman los investigadores, no basta con devolver lo que se tomó; “para deshacer una acción negativa es necesario recompensar holgadamente, con largueza”.
Fuente: Mente y Cerebro 39/2009.
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